27 may. 2014

Lo que perdimos y lo que ganamos en Lisboa

El Atleti, una forma de vida. Foto: www.clubatleticodemadrid.com
A muchos de los que fuimos a Lisboa nos despidieron con un “no volváis sin la Copa”. No estaba en nuestra mano la hazaña pero el caso es que volvimos sin ella y sin muchas cosas más aunque como consuelo también nos trajimos en la memoria algo que nunca vimos y en lo que apoyarnos para el futuro.

Sobre el campo competían no sólo dos equipos de fútbol sino dos modelos diferentes, que no dos propuestas, de lo que hoy es el fútbol moderno: un equipo condenadamente rico y uno condenado a ser mediano. O para ser más exactos, mediano empobrecido por sus dirigentes (entre otros) en vías de recuperación. Son dos modelos que conviven por necesidad del rico (de momento), pero éste sólo está dispuesto a utilizar al mediano de sparring en competiciones y eliminatorias menores. Una final, y más la de la Champions, es demasiada concesión; la victoria, un error histórico inaceptable.

Esto se puso en juego el día 24 y durante 93 minutos el Atlético volteó los cimientos del fútbol moderno. Pateó, o mejor dicho, dio un cabezazo al statu quo establecido. Pero todo volvió a la normalidad con el gol de Ramos y el esperable rodillo de la prórroga, apta sólo para el equipo al que el presupuesto le permitió llegar con fuelle hasta el final de temporada. El Real Madrid ganó en ese minuto fatídico la oportunidad que necesitaba para vencer y el Atleti desperdició la única bala que tenía para pasar a la historia por haber roto el molde. Esto es lo que perdimos: la Copa y, casi más importante, el orgullo eterno de haber roto el molde. Y ellos evitaron una catástrofe, el fracaso que habría puesto en cuestión todo lo que ahora no cuestionan: su temporada, su entrenador, sus estrellas, su modelo y hasta a su presidente. Todo por un un minuto, o por los pocos centímetros que separaron el balón de Ramos del poste o de la mano de Courtois, o por un último esfuerzo que le faltó a un agotado Godín para cubrir bien el marcaje al sevillano.

Ahora convirtamos por un momento la final de la Champions en una sucesión de imágenes y sonidos simbólicos. Costa (y más tarde Filipe, Koke y Adrián) lesionado; una afición agarrada a la épica y a Luis Aragonés; el Real Madrid sacando millones del banquillo para volcarse en el área rojiblanca, el “sí, se puede” en la afición madridista; el abrazo de Florentino Pérez y José María Aznar en el palco con el gol de la victoria blanca; la desolación en el campo y la grada atléticas; Cristiano mostrando furia abdominal con el cuarto gol; el Madrid levantando su décima Copa de Europa.

Casi nada de estas imágenes llama la atención. La épica del equipo jugando y ganando como el mejor a pesar de lesiones e infortunios, la afición entregada en las buenas y en las malas no son nuevas. Tampoco la desolación, con orgullo, ante la crueldad de la derrota. Igualmente no llama la atención la arrogancia, la falta de elegancia tan habitual en la victoria de quien debería a estas alturas saber ganar aunque sea por repetición. Ni siquiera sorprende la escena  del abrazo del poder entre el gran constructor del Ibex-35 y el político, el expresidente. Si acaso, la falta de escrúpulo que implica su manera de buscarlo en público, ante cientos de cámaras, mostrando ambos su indisimulada alegría al mundo entero. Incorrección protocolaria que muestra más por la corriente de energía positiva que emana de ese encuentro político-empresarial-futbolístico que por otra cosa.

Pero decía casi nada porque de todas esas imágenes lo del “sí, se puede” cantado al unísono por toda la grada madridista (y quién sabe si desde “los adentros” de los ocupantes del palco antes mencionados) a mí, y a muchos de los que estaban conmigo en el Estadio da Luz nos rompió todos los esquemas. El Atleti convirtió a la afición del Real Madrid en un grupo de indignados. Ellos, que son representados en el palco por el poder político-financiero, gritaron “sí, se puede” con más afán que los seguidores de Pablo Iglesias la noche electoral tras conocerse que Podemos (el partido nacido del 15M) obtenía cinco sorprendentes eurodiputados. La grada rojiblanca se silenció unos segundos para escuchar extasiada semejante transformación que convertía, de repente, al Atlético de Madrid en un equipo todopoderoso, en un Goliat sometiendo a un empequeñecido Real Madrid, sin juego, sin ideas y sin alma, cuyo único argumento ha sido el dinero y, eso sí hay que reconocérselo, la fe de un jugador como Sergio Ramos, que le ha dado vida a este equipo en el último tramo de la temporada.

Ese “sí, se puede” reflejo del terror que infundimos durante más tiempo del que corresponde a los 90 minutos estipulados de un partido de fútbol, ese equipo todopoderoso en el que nuestro propio rival nos ha convertido es lo que me llevo de Lisboa. Que perdure, pues esto es lo que hay que conservar la próxima temporada para lograr nuevos éxitos, para competir como grandes siendo medianos. Lo demás ya lo teníamos.

Conversamos en el twitter de SomosAtleti y en el de José A. Vallés.