13 oct. 2010

Érase un gran jugador a un bigote pegado

#Atleti Siempre he escuchado a mi padre hablarme con admiración de jugadores que no vi jugar en el Calderón: Gárate, Ben Barek, Pereira, Collar, Escudero y tantos otros. A mí me tocará hacer lo propio con mi hijo cuando crezca. Hablarle de las glorias atléticas que yo ví, de los jugadores que nos hicieron grandes y fueron y son parte del ADN atlético. Dirceu, Futre, Kiko, Simeone.... y, por supuesto, Arteche.
Parafraseando a Quevedo le diré que Arteche era un gran jugador a un bigote pegado, un bigote y un jugador superlativos. Un bigote de otra época, la de los ochenta, cuando ya casi no quedaban bigotes sobre el césped. Un defensa central de los de aquél tiempo, tíos enormes, duros y contundentes con la misión de que no pasara el balón o en su defecto el jugador. Tipos con poca cintura y reducida clase, pero con una garra y un remate de cabeza demoledores.
Unos años en los que las gradas se llenaban de banderas rojiblancas porque todavía te las dejaban pasar con sus palos de madera. Años en los que muchos seguidores del Atleti aparcábamos en el arcén de la M-30, “calle” que domingo si y domingo no cruzábamos a pie, jugándonos la vida, para llegar al campo a tiempo. No éramos los únicos que nos la jugábamos porque en el terreno de juego Juan Carlos Arteche, Artechembauer, Algarrobo, se la dejaba cada partido por sus colores, y eso ya sabemos que nos une para siempre a un jugador. Porque cuando la abulia se instalaba en el juego del equipo él emergía. Agarraba el balón en su área y subía recto hacia el medio campo desafiando con su envergadura (1’88, 84kg) a cualquiera que se pusiera en su camino.
Todos sabíamos que iba a perder la pelota más tarde o más temprano pero el Calderón rugía aquellas cabalgadas como el Coliseo romano en sus buenos tiempos, los contrarios se atemorizaban y el equipo espabilaba. Entonces sonaba el grito de guerra ¡Arteche, Arteche! y cuando el juego se volvía sucio y el árbitro nos maltrataba (¡acordáos de aquellos ochenta de los robos a mano armada!) el coro de la hinchada se volvía más violento: ¡Arteche, vengaté! o ¡Arteche, machete! Esos gritos y el hecho de que a veces cumpliera nuestro designio con gran disciplina contribuyó a darle fama de duro. Un duro noble nos gusta decir cuando el duro es buena persona, y Arteche lo era.
Pero el santanderino no era un tronco precisamente. Fue de los mejores centrales de su época, que los había y muy buenos (Migueli, Maceda, Goicoechea...) y acabó yendo a la selección en cuatro ocasiones. Un cabezazo suyo nos dio una victoria contra Albania.
En los córners hacía una dupla temible con Miguel Ángel Ruiz. Los dos juntos eran las Torres Gemelas y su llegada al área contraria para rematar los saques de esquina era otro de los momentos vibrantes del Calderón. Todos tenemos algunos remates en nuestra memoria, que se lo digan al Betis en 1983 en aquél partido que teníamos perdido y remontó él solo en el último minuto con dos goles. Salió del campo con la rodilla partida y el delirio y el agradecimiento de toda la grada. Qué más se puede decir de él.
Pues sí hay más. No dejó de luchar nunca. Salió del equipo maltratado por Jesús Gil por no callar. Una salida por la puerta de atrás que un mito como él no merecía. Habían llegado nuevos tiempos y ese bigote no era para los 90. Se fue Arteche y el Atleti perdió mucho de su esencia, esa que tanto está costando volver a encontrar.
Ahora ha muerto a los 53 tras luchar contra un cáncer. Los que le vimos jugar alguno de los 308 partidos que le dedicó al Atletico de Madrid lo recordaremos para siempre. Y nos encargaremos de que su nombre le suene a nuestros hijos como a nosotros los de Gárate, Luiz, Ben Barek, Collar, Escudero...